
Oscar Wilde escribió: ... cuando influimos en una persona le transmitimos nuestra propia alma. La pregunta a la reflexión del escritor victoriano es: "hay mejor exponente para llegar a la misteriosa alma que los ojos?". Los ojos son una ventana abierta a los sentimientos. Las palabras pueden mentir cubiertas por las pasiones y llevarnos a mundos irreales, vengativos o irrisorios. Un buen orador puede hacernos creer, con el tono medido de su voz, en ideas que no cree y llevarnos a luchar en guerras que no son nuestras, y a odiar a seres que no conocemos: Pensadores clásicos como Aristóteles o Séneca, dejaban claro que la palabra es una espada de doble filo, uno que malhiere de muerte, otro que corta dulcemente.
Pero, cuando se trata de los ojos todo cambia. Son un gran escaparate que nos permite ver la profundidad o la banalidad de los sentimientos. Robert J. Wallace apuntaba en "Los Puentes de Madison" que la vida sólo la podemos afrontar de dos maneras, desde la profundidad del alma o bien desde la desidia. Creo que nadie mejor que Hölderling o supo explicar en el Hiperión, cuando afirmaba que el hombre sólo puede ser un mendigo o un Dios. Y dejaba claro que se puede ser rico y poderoso y no pasar de ser un simple mendigo pues, para llegar a la categoría divina debe saber encontrar el equilibrio interior, aunque materialmente no tenga nada. Una lectura tal vez difícil de entender en una sociedad abocada al materialismo más puro.
La mirada del alma es aquella que cuando llega transmite los sentimientos de quien la ofrece. Sientes como te examina, como te espera, descubriendo sin palabras las pasiones y analizando los movimientos. Es aquella que desde un silencio relajante te compra sin hablar y te hace sentir bien. Es una fuerza increíble, afirmaba Humbolt, un poder que se transmite a través de los ojos que miran desde el interior. El resto de miradas, son sólo eso, miradas que te dejan indiferente.
Pau Pi