
Hay que decir adiós al pasado cuando los remolinos levantan la savia de los árboles callados, cuando se arremolinan los vientos y se notan las cicatrices y las parábolas se esconden detrás del verbo y predicado. Hay que olvidar aquello que nos hirió y nos ha dolido tanto, las voces que nos dijeron y se extendieron en ecos que acaecieron en llanto.
Hay que olvidar los asuetos heridos de las péndolas que siguen suspirando frustraciones de cotidianos vacíos, de memorias que se perdieron en los vericuetos tortuosos donde el ego espanta a la noche. Hay que dejar atrás lo vivido sin que te tiemble la piel, ni se enrojezcan los párpados… esos párpados que se quedaron secos por el devenir asolado de la distancia: pestañas crecidas hechas cortafuegos de soledad y deseos, ojos exhaustos de mirar hacia adentro.
Hay que enjugar las lágrimas que han dejado de pulular por entre las rendijas de los amaneceres de vigilia, no recordar nada, el olvido preso, el olvido inquieto, esa ausencia que mengua los sentimientos y las nostalgias que detienen el tiempo. Los remolinos siempre terminan dando paso a una brisa suave de poniente, y los ojos se acostumbran pronto a la sequedad del levante y a las calmas sin voces.
No quiero escribir lo que ya he dicho antes, porque en este entierro y luto entre los cristales cóncavos dónde descomprimir las palabras y reconstruir aquellas magias que atesoré en tiempos en los que las canas no blanqueaban mi vida de corredor de fondo.
Me quedan, todavía, gardenias y luceros en la vieja mochila, pero no encontré los tacones, los de andar despacio; y quise abrir las alas y volar sobre el aire limpio y crecido y guardar en los Hatos secretos madrugadas y azahares, porque aún me duele la voz y la garganta, pero apenas recuerdo cómo eran los gritos en este olvido manifiesto.