
Es bueno despertar en la almohada mullida, despejada, con el cielo pulido y a mi lado ese amor consentido y consiente. Las privanzas abrazan los junios de luces matinales, de planes y proyectos rayando los perseveres, para continuar unidos, abrazados, hincados en ese templo por siempre.
El hogar es centro y universo, es el punto y referencia, el hábitat, la cúpula de descanso, el lóbrego. Es poder caminar sobre el asfalto mojado y mirar láminas fulgentes cuando el sol entra por las rejas de las nubes y las imanta.
Este futuro escrito que ilusionados creemos conjurar haciendo más vocaciones.
El hogar no es el viejo portal de la casa pensando que, se mire como se mire, todo esto no tiene peso. Todo el mundo ríe y acepta los fuegos que brillan en el cielo, tan amenos, mientras seguimos haciendo de hormigas. Quizás, mañana sea distinto para los que esperan suspendidos en el vacío dulce de una placenta, un profundo abismo desligado de esta Europa que se hunde lentamente como la esplendorosa Venecia. Nada más que unas pequeñas piedras.
El hogar es donde uno se siente a gusto, es definitivo, es donde la vida se vuelve fuego y huracán, magia y consuelo, donde construimos el día a día sobre nubarrones o pétalos y donde nos aguarda el mañana y el sigilo. Es la tierra y semilla que siembras mientras los Hatos secretos te resguardan…