El faro.

no hay límites


 
 

Cerca de la costa de Lugo se escribió este cuento.
Había una vez una muchacha que vivía en un pequeño pueblo de la costa de Lugo, vivía rodeada de los paisajes más bellos del mundo, rodeada de un verdor embriagador. En ese pueblo el mar abraza la tierra en rías. Allí vivía esta muchacha que esperaba encontrar al igual que todas a un príncipe azul, verde, del color que fuera pero príncipe.
Ella quería encontrarlo al igual que Cenicienta en un baile, o bien como Blanca nieves al sufrir un pequeño accidente, o podría surgir de los sueños y despertarla con un beso como a la Bella Durmiente.

Esta muchacha vivía su vida, pero su ilusión a nadie contaba y un día cuando ella paseaba por el puerto de O’Vicedo, le vio, no era azul, era de piel normal y ella envuelta en los cuentos de amor oídos en su niñez como una princesa se enamoró.
La muchacha le oía embelesada, el se sabía encantador y así entre historias de viajes el amor surgió.

Se casaron como es tradición y ella, como era la hija del farero de la Estaca de Bares, se fueron a vivir allí, en la punta más septentrional de ese reino.
Al principio todo fue como la seda, los paseos junto al acantilado, las charlas…

Pero un buen día su príncipe se acomodó en el sofá del saloncito y comenzaron a llegar las tristezas, ella tenía las historias que el le había contado guardadas en la retina y en el corazón y cada noche le esperaba subida en lo alto del faro mirando el más allá, en la lejanía perdía ella su alma y un cosquilleo la envolvía entera.

El la veía en lo alto y se encogía de hombros, la saludaba con la mano en alto y ella bajaba a recibirle y le preguntaba_ ¿Sabes amor que hay mas allá de la luz del faro?
El se reía y le pedía la cena y mientras cenaban el le decía -¿Y para qué quieres saberlo si no vas a ir nunca?; ella se sonreía y con el amor aún pegado a los ojos le traía el arroz, el vino y se lo servía con besos dulces de tarta de Santiago.

Y así pasaron los años, todas las tardes lo mismo, por las noches cuando el príncipe dormía ella se subía al alto del faro a mirar y se preguntaba ¿qué habrá más allá, allá donde la luz no ilumina?, ¿qué tierras lejanas llenas de secretos no conozco? Y así pasaba la noche envuelta en un desosiego.

Un día el príncipe volvió a casa y no la vio en lo alto del faro, entró y la buscó en la cocina, no estaba, tampoco había cena y la llamó a gritos y cómo se enfadó, rumiando su rabia se fue a dormir.

A la mañana siguiente tampoco la encontró, la busco por el pueblo, la busco por la ría pero no la halló, el se retorcía en la rabia de saberse solo, y así pasaron tres días en los cuales el no cenó, ni desayunó porque sin su reina el reino estaba vació, sobretodo la nevera real, ya nadie hacia la compra.

A la cuarta noche decidió subir a lo alto del faro, le inquietaba desde hacía meses saber que era lo que su reina miraba, pero su pereza siempre pudo más. Subió y vio mar, olas, alguna gaviota, un albatros, vio roqueríos, pero de pronto su vista se clavó en una pequeña y lejana luz, la luz casi invisible sin luna llena, casi invisible si no te concentrabas en mirar.

Entonces el príncipe se llevó las manos a la boca y ahogó un grito de dolor, furioso lleno de ira grito el nombre de la muchacha y por primera vez comprendió en el silencio de la noche y bajo la luz circular del faro que para una reina sea de donde sea no hay fronteras, no hay lazos, que cuando una reina quiere saber, para ella no hay límites y comprendió que su mujer con el o sin el era capaz de emprender su viaje para descubrir que había más allá de donde la luz del faro ilumina.

O´Vicedo

Claudia Castro Sepúlveda./Olivia Azócar