La cama

no volvió a salir de la cama


 
 

Una necesidad imperiosa de buscar le invadió durante mucho tiempo, por lo que una buena parte de su vida, la consumió levantando las alfombras, palpando los rendijas del sofá y los sillones, palpando entre las ropas de cama dobladas en el armario, ojeando entre las páginas de los libros de las estanterías, abriendo el buzón a diario, investigando en la red, interrogando a niños y ancianos para captar claves de palabras inocentes o expertas, viajando para empaparse de otras culturas, abriendo su mente a variadas religiones, realizando multitud de experimentos físicos, químicos y alquímicos, devorando literatura, haciéndose adicto al sexo, practicando deportes extremos, hollando límites insospechados, ...

Los días transcurrían con ansia monótona, y con una frustrante percepción de que cuanto más trataba de alcanzarla, más lejana se encontraba la respuesta. Descubrir el secreto de la felicidad era su piedra filosofal, y apostó todo su empeño en conseguirlo, a costa del progresivo fruncimiento de su ceño, camuflado eso sí, entre las arrugas propias del avance de la edad. Cansado del nulo progreso, y del desgaste asociado a la angustia y al desánimo por la falta de resultados, decidió que debía cambiar de táctica, y desarrollar un método más científico que la simple y atropellada búsqueda que estaba realizando. Después de un largo periodo de reflexión, determinó utilizar sus conocimientos de estadística, adquiridos durante la carrera universitaria, y emprender la tarea de encuestar a diferentes segmentos de población, filtrándolos por sexo, edad, raza, salud y estatus, con el fin de, una vez recopilado un buen volúmen de datos, obtener respuestas de lo deducido tras la realización de un cálculo de probabilidades.
Transcurrido aproximadamente un año de encuestas sobre lo qué o el qué proporcionaba felicidad, dio por terminado el plan, tras haber reunido y clasificado miles de respuestas, marcado casillas, calculado porcentajes, y creado gráficos y columnas representando la alegría, la risa, la serenidad, la salud, la paz, el dinero, el sexo, el amor, los juguetes, la sabiduría, la literatura, la naturaleza, la lluvia, la comida, los camiones, la música, el sadomasoquismo, la bebida, la familia, la lencería, el fútbol, los viajes, la ignorancia, el arte, los coches, los cromos, el besar, el sol, la taxidermia, el cerebro, la nada, y un largo, larguísimo etcétera.
El análisis definitivo, le dejó un regusto tan amargo que se pasó los siguientes trece días en la cama. Los resultados habían confirmado sus temores de que a pesar de que compartía muchos de los ingredientes que los encuestados consideraban básicos para cocinar un plato de “felicidad a la carta”, él era incapaz de saborear una mínima porción de ella. Las horas pasaron y con ellas los días, y acurrucado entre unas sábanas bajo un edredón, del que apenas asomaba una punta de nariz, se sorprendió del bienestar que le iba invadiendo paulatinamente, agazapado en ese cálido y casi maternal refugio. En él, viajaba entre nubes batiendo sus alas de ángel, se convulsionaba con el más puro placer que había sentido en su vida, reflexionaba derivando en una lucidez que le embargaba de serenidad, experimentaba un equilibrio corporal en el que no se había encontrado jamás, jugaba dando brincos y piruetas imposibles, apreciaba las imágenes que visualizaba como equiparables a la belleza del Renacimiento. En un estado de semiconsciencia, estaba acariciando por fin la felicidad. Sin dudarlo, no volvió a salir de la cama durante el resto de su vida.

Josean Moreno