tríptico


 
 

UNO

Una atmósfera casi carente de gravedad. Dándome un ligero impulso puedo desplazarme en el aire metros y metros, como si diese un gran salto prolongado. Por otra parte, ese mismo aire, muy rico en oxígeno, me proporciona una euforia constante además de una suave embriaguez y gran felicidad.
En uno de esos grandes saltos veo, de pronto, allá abajo, pero relativamente cercanos, a dos policías que han salido de su coche patrulla y que dirigen sus voces y sus gestos hacia mí, como increpándome o riñéndome, de igual modo que se haría con un niño pequeño. Esto me incordia y me violenta. Deseo tener un arma. Una pistola aparece en mi mano derecha. Me acerco más y vacío el cargador en sus anatomías. El sonido de las balas, que siguen una trayectoria muy lenta y luminosa hasta llegar a ellos, es como el zumbante batir de alas de un gran moscardón. Cuando los proyectiles penetran en sus cuerpos atónitos oigo un "shop", como produciría, tras caer de gran altura, un melón estrellándose sobre el asfalto. Cuando esto ocurre, sus miembros se estremecen, como si fuesen monigotes, con ridículos gestos desacordados.
Dejo atrás a las dos piltrafas humanas y el cochecito, con sus luces girando y su sirena, y que ahora más bien parece un juguete histérico.


DOS

Te encuentro flotando en esa atmósfera sin gravedad, a ti, hermosamente deformada por tu preñez. Me guiñas un ojo al tiempo que separas desmesuradamente tus finos muslos y tras un breve chasquido, un "glup" húmedo, sueltas al aire tu bebé, el cual queda flotando junto a ti, unido a un luminoso cordón umbilical. Por el aire han quedado bellas y diminutas perlitas de sangre que van adquiriendo diversas irisaciones y que se alinean a vuestro alrededor orbitándoos como pequeñísimos satélites.
El cordón umbilical va esfumándose, como si hubiera estado formado de niebla, y su fulgor desaparece también. El recién nacido, ya libre, eructa una hermosa bolita de baba coloreada que inmediatamente estalla en el aire, como una pompa de jabón, y llenándolo de fosforescentes lucecitas variadamente coloreadas; hecho lo cual sonríe con agrado, con plena felicidad.
Ahora, el fondo del aire, por donde os acompaño en vuestro lento desplazamiento, se ha puesto de un azul vivísimo. Tu cuerpo ha vuelto a adquirir su increíble esbeltez y tu bebé te sigue apaciblemente flotando, sonriente y satisfecho. Me parece que estamos llegando al mar. Nos posaremos, como gaviotas, sobre la suave espuma.


TRES

Corría, corría... A pesar de la angustia del peligro, que sentía a mi espalda, la sensación de plenitud y enervamiento que me producía el correr con todas mis fuerzas, el notar la energía con que la sangre progresaba por mis venas, golpeando suavemente en mis pulsos, el confiar en la resistencia de mis ejercitados músculos, me embriagaba, proporcionándome una grata impresión de placer, de salvaje libertad, de total felicidad.
Cuando, al girar una esquina que daba ya al claro bosquecillo, logré dejar atrás las últimas casas sin que me hubieran cogido, respiré hondo. Ahí el terreno más irregular me favorecía ligeramente, pero también me obligaba a cambiar el ritmo de la carrera, sin embargo igual les iba a ocurrir a ellos, pensé. Los saltos que debía efectuar para franquear obstáculos me obligaban a levantar más los brazos a fin de no perder el equilibrio y esto, reforzado por las grandes zancadas que daba por el terreno en ligera pendiente, provocaron que la euforia invadiera mi cuerpo: me parecía estar casi volando.

En cierto momento me giré y no vi a ninguno de mis perseguidores. ¿Les habría despistado? Era raro pero, puesto que no parecían ya seguirme, quizás así fuese. Relajé el ritmo de la carrera. Me sentía todavía inquieto pero cada vez más lleno de satisfacción.
De pronto ante mi vista surgió el mar... y toda la belleza del atardecer se me ofreció llena de colores, con el sol que duplicaba su imagen sobre las aguas, ya de un rojo encendido y a punto de desaparecer tras el horizonte acuoso. Superficie con todas las tonalidades, apacible, tranquila en su suave siseo de ligera espuma sobre la lisa playa. Al llegar mis pies sobre la arena húmeda, disminuí el paso, hasta quedarme parado, feliz contemplando ese hermoso ocaso, relajado por el arrullo de las olas breves.
¡Qué plenitud! Una suave brisa rozaba mis sienes humectándolas de frescor. A lo lejos, sobre las tranquilas aguas, surcaba una rápida embarcación, dejando una blanca estela tras de sí. Poco a poco se iba acercando a la playa y ya podía oír el aún lejano ronroneo de su motor. Su desplazamiento era perfecto e impecable el corte que dividía en dos blancas estelas al mar tras ella. Me di cuenta demasiado tarde. No tuve tiempo de horrorizarme cuando ya noté un golpe seco contra mi piel y sentí unas débiles quemazones sobre mi pecho y cuello, a la vez que oía una ráfaga de proyectiles y, ya a destiempo, comprendí que se trataba de una lancha patrullera. Cálidos chorritos de roja sangre brotaron de mi cuerpo en tanto éste, de pronto falto de toda fuerza y sensibilidad, se escurría hacia el suelo. No obstante, durante aún unos breves instantes, me sentí bien echado sobre la húmeda arena, donde la espuma de las olas me rozaba acariciante, hasta que mis párpados se cerraron.

Rafel Roig