
Se llamaba Beatriz. Con 30 años de edad y con una vida algo simple, se dio cuenta que no sabía el significado de lo que algunas personas llamaban “felicidad”. Muchas veces, había oído hablar de ella y no tenía ni idea de lo que era en realidad, en ese momento, comenzó su incansable búsqueda.
Empezó a tener dudas, cuando era una niña con tan sólo 5 años de edad y mientras más mayor se hacía, más inquietud sentía y al mismo tiempo, dentro de ella, crecía una inquietud que no podía entender. ¿Qué sería?¿Cómo la descubriría?¿Todo el mundo la tenía?¿Se encontraba?¿Se compraba? O simplemente nacía en algún sitio que nadie sabía. Demasiadas preguntas y ninguna respuesta, así que empezó a investigar por su cuenta.
Todos los días, a todas horas, preguntaba sin cesar a todo el mundo, niños y niñas, mujeres, hombres, ancianos, hasta a los animales llegaba a preguntarles, pero nadie le daba una respuesta que calmara sus ansias de saber lo que era y eso la llenaba todavía de más dudas y cada día se sentía más y más triste, pues para ella era tan importante saberlo, que no la dejaba apenas respirar ni vivir ¡que difícil es todo en la vida! Dichosa palabrita, sensación, sentimiento, una palabra tan nombrada por todo el mundo y tan ignorada al mismo tiempo. ¿Qué podría ser?¿La encontraría algún día?.
Una mañana de invierno, después de levantarse de la cama, ducharse y empezar con la rutina de cada día, antes de ir a trabajar, sintió como una punzada en el estómago al recibir la carta de un amigo al que hacía años no veía y con el que había tenido algo parecido a un romance, muy intenso y hermoso, pero que terminó el día que él se marchó. Hasta ese día, nunca había tenido noticias de él, así que
no tuvo tiempo ni a reaccionar. ¿Qué hacía?¿Abría la carta? ¿Se merecía saber de él después de que la había abandonado sin ningún motivo ni razón? La curiosidad pudo más que todas sus preguntas por supuesto.
Mientras leía la carta, se iba sintiendo, cada vez más rara, sobre todo por la manera de expresarse el amigo no olvidado. Hablaba del azul del mar, de lo que se parecían sus ojos a ese color tan intenso. También de los campos de trigo y de lo que según él, se parecían a sus preciosos cabellos, su color y manera de mecerse con el viento. Su piel, como la leche, que le recordaban las montañas blancas en invierno, cubiertas por el blanco de la nieve. Tantas cosas preciosas le decía en su escrito, que el cosquilleo que sentía en su estómago, cada vez se hacía más intenso y la dejaba sin respiración. Su corazón latía más fuerte y con más rapidez, su boca se secaba y sus ojos se llenaban de lágrimas.
Después de esta experiencia, pensó mucho y cada día. Los libros no satisfacían sus ganas de saber y ya no le parecían tan sabios, ni tan llenos de magia, necesitaba algo más para averiguar aquello que estaba sintiendo.
Un buen día muy temprano, Beatriz, cogió unas cuantas cosas y las metió en una maleta. Decidió marcharse, para poder encontrar eso que siempre había estado buscando y que allí entre esas cuatro paredes podría conseguir. Entre las cosas que cogió para llevarse, metió un pequeño diario y un montón de ilusiones. Nadie esperaba su marcha, por lo que todo el mundo pensó que se había vuelto loca del todo.
Se dirigió hacia un rumbo muy lejano para ella. Nunca había salido de su casa, así que cuando cogió el primer tren, un temblor recorría sus piernas y un sudor frío su espalda.
Marchó con su maleta cargada de temor a un país que muchas personas sueñan visitar, pero pocas llegan a ver. Su viaje la llevó a un lugar lleno de hermosura, en mitad de unas enormes montañas, en medio de un paisaje lleno de paz y tranquilidad. Algunas personas lo llaman el Tibet, otras el paraíso.
Después de coger varios trenes, varios autobuses y caminar varios días y pasar un infierno para llegar a su destino, por fin un atardecer a lo lejos pudo ver una mezcla de cielo rojo, amarillo, con destellos púrpura, que no parecían reales. Más allá un pequeño poblado, lleno de niños y gentes con caras llenas de sonrisas y algo que no se podía describir en las pupilas de sus ojos. Todo parecía tan irreal, como sacado de un cuento que no acababa de creérselo. Algo que nunca olvidaría.
Al cabo de un rato, después de mirar con los ojos de una niña y el corazón lleno de alegría, pudo ver una silueta que se extendía a unos pasos de ella. Su amigo, el hombre que había conseguido que su estómago se llenara de mariposas estaba allí delante de ella, sonriéndola e iluminando lo que se ponía a su paso con su sonrisa. Entonces lo vio claro, él formaba parte de algo grandioso, algo que llenaba su alma y la hacía sentirse plena y completa, ¿tendría algo que ver con aquello que tanto tiempo había buscado? No lo sabía, pero sí tenía claro que su vida debía seguir allí, al lado de aquel hombre, el tiempo que hiciera falta para que él la ayudara en su cometido, alcanzar la felicidad.
Pasaron muchos meses juntos, como dos niños que se descubren por primera vez. Se dedicaron a cuidar a los demás y a transmitir todos sus conocimientos y a compartir con ellos todo lo que en su corazón tenían. Construyeron casas, comedores, enseñaron a coser a las mujeres del poblado y dieron clases a los niños, les contaron cuentos maravillosos y les cantaron canciones de noche y de día, hasta que se quedaban dormidos. ¡Todo era tan maravilloso!.
Una mañana de Otoño, empezó a notarse extraña, su cuerpo mareado y sus piernas flojas, hicieron que se quedara en cama, algo que nunca le había pasado. Estaba muy preocupada, no podía dejar a esas personas, a esos niños que tanto la necesitan, ni tan solo un día ¡quedaba tanto por enseñar!. Pero, no le quedó más remedio que guardar reposo.
Días después, sin poder levantarse de la cama y cuidada por las mujeres del poblado y por su pareja, recibieron al médico, que la visitó y le hizo algunas pruebas, para descartar se fuera algún tipo de enfermedad o alguna infección, para poder tratarla a tiempo. Cual fue su sorpresa, cuando le dijo, que todo aquello que estaba sintiendo era fruto de un ser que empezaba a crecer en su vientre, una personita que era parte de ella y del amor que los dos se tenían.
La noticia llegó a todas partes y todos los habitantes, corrieron a felicitarlos.
Aimée, como decidieron llamar a la preciosa niña sonrosadita, llegó una mañana de Agosto cuando el sol empezaba a despuntar, después de 12 horas de un duro parto y mucho cansancio. Jamás en la vida se había sentido así, entonces lo tuvo claro “Esto es la felicidad”.
Mi marido, mi hija, el poder entregarse y darse a los demás sin recibir nada a cambio, sé que en este preciso momento sin lugar a dudas “soy tremendamente feliz” y aquí concluyó su búsqueda. Sigue siendo muy feliz por supuesto, pero ahora ya no tiene dudas.
FIN
Moraleja: El Secreto de La felicidad consiste en desear las cosas con mucha fuerza y con fe, está muy cerca de nosotros, tan sólo debemos saber alcanzarla. Las cosas pequeñas de la vida encierran una felicidad maravillosa. El Universo dice “pide y se te concederá” es simple, empieza por pedir ser feliz.