
Me desprendo de la garganta del músico callejero y elevo mi desgarrador llanto iluminado por la luna llena que aumenta con su fuerza el poder de este tango. El bandoneón me acompaña, me enlazo a sus notas, y juntos cabalgamos en esta bochornosa noche de verano, sin aire que nos alivie, sin oxígeno para respirar.
Tras el tanguista observo el mar en calma, ni una tímida ola que lo venga a animar. El músico me impulsa con rabia obligándome a avanzar hasta una joven pareja que discute acaloradamente en mitad del paseo, ella le escupe reproches feroces, él parece dispuesto a marchar. Es el momento de hacerme oir , la chica enmudece, le mira a los ojos llena de amor suplicándole que no se valla, de inmediato él responde agarrándola por la cintura y apretándola con ímpetu contra su pecho, funden sus bocas y sus lenguas en un húmedo beso y empiezan a explorar sus cuerpos con caricias descaradas. Una señora que en ese instante pasea a su lado les llama la atención indignadísima.
Sigo mi viaje hasta la terraza de un bar, en una mesa solitaria se encuentra sentado un hombre de mediana edad, está sujetando con ansiedad un vaso que contiene el sexto trago de la noche. Me siento a su lado y le canto tristemente:
“Beba conmigo, y si se empaña
de vez en cuando mi voz al cantar,
no es que la llore porque me engaña
yo se que un hombre no debe llorar”.
El hombre frena su brazo justo cuando el rojo líquido le moja los labios, lanza el vaso con furia estrellándolo contra el sucio suelo y consigue salpicar por completo sus arrugados pantalones, seguidamente arranca a llorar sin consuelo. Igual que un niño pequeño va destilando la profunda pena que tanto le pesa en cada una de sus amargas lágrimas, liberándose de esta forma de todo el dolor. Muy de cerca le observa con atención el camarero que decide introducirse en silencio dentro del bar para respetar la intimidad del único cliente de la noche
Me voy acercando a un destartalado edificio situado en primera línea del paseo marítimo donde ha decidido colocarse nuestro músico con la esperanza de llenar la gorra que ha dejado a sus pies. La fachada se encuentra pobremente iluminada por una vieja farola de luz amarilla pero consigo verla por completo gracias a la claridad que me ofrece esta noche de luna llena. De pie junto a la farola, un caballero que viste traje oscuro sobre camisa blanca y calza zapatos en punta casi tan brillantes como su cabello engominado, consulta el reloj de muñeca, mientras fuma con nerviosismo un cigarro que acabará por unirse al grupo de colillas tiradas por el suelo. Saca su móvil del bolsillo y velozmente marca un número.
Me lanzo a curiosear, trepo por la pared desconchada, paso por encima del edificio y vuelo un poco más lejos hasta aproximarme a una venta abierta de la que se escapa el sonido de un móvil. Me asomo sigilosamente y me convierto en testigos de una escena terrible, el móvil sigue sonando, pero las dos personas que observo en el interior no están en disposición de atender la llamada. Sobre una mesa resbala en cascada un mantel en completo desorden del que se han precipitado varios cubiertos, así como un plato que contiene los restos de la cena mezclados con el vino de una botella tumbada. Tras la mesa un hombre enfurecido levanta su grasiento puño para amenazar con una barra de hierro a una pobre mujer que se enconge sobre el suelo y cruza los brazos sobre su cabeza en un intento inútil por protegerse del brutal impacto. Me hago presente en la escena y entono convencido la letra de la canción:
“Cuántas veces de rodillas, tembloroso, yo me hincado
bajo el árbol deshojado donde un día la besé.
Y hoy al verla envilecida y a otros brazos entregada
Fue para mí una puñalada y de celos me cegué.”
Con una violencia irrefrenable el hombre empieza a golpear a su presa. Cuando cesan los desgarradores gritos de su víctima él continua apaleándola como si necesitara matarla varias veces para poder saciar su sed de venganza. El móvil no ha dejado de sonar.
Retrocedo, es demasiado atroz incluso para este tango de desesperanza, vuelvo hasta donde dejé al hombre de la farola que continua marcando el mismo número una y otra vez.
Se termina el tango, el músico recoge su gorra vacía. Un final triste para esta noche, como ocurre siempre cuando que se me adelantan la luna y el calor.