Ley antitabaco

Me siento maravillosamente bien


 
 

Primer día de entrada en vigor de la nueva ley antitabaco. Al salir por la puerta de casa contengo el acto reflejo de encender un cigarro en la escalera de vecinos. He superado la prueba pero necesito fumar cuanto antes, logro bajar todos los peldaños que me separan de la calle a gran velocidad. Una vez en la acera revuelvo el contenido de mi enorme bolso hasta localizar el paquete de Marlboro del que por fin consigo extraer un cigarro. Su tacto entre mis dedos constituye un alivio casi inmediato. Lo enciendo e inspiro con ganas sintiendo penetrar todos sus nocivos componentes en mis pulmones, he oído decir que para su elaboración incluso utilizan matarratas. Me siento maravillosamente bien.
-Buenos días Andrea ¿No sabes que no se puede fumar frente a un parque público?. ¿Qué vas a hacer ahora?. Vas a tener que dejarlo.
-Hola vecino. Técnicamente lo que dices no es correcto
-¿Ah no?
- No vecino, a este parque sólo vienen delincuentes y como ya sabes se puede fumar en las prisiones
- Ja, ja, ja. Eres tremenda. Te dejo que he de lanzar estos cartones en el contenedor.
- Claro Jaume. Por cierto, acuérdate de quitarle todo el celo al cartón, te has descuidado unas cuantas tiras enganchadas.
-Ja,ja,ja. Vaya veo que al menos sabes como se hace, sólo te falta empezar a practicar.
- Descuida, en cuanto me acabe el cigarro iré a jugar con la basura de casa.
- Eres imposible. Hasta luego Andrea.

¡Mamonazo!, me has fastidiado mi primer cigarro del día. Tenía que topar precisamente contigo, con el líder de la secta del tercero cuarta. Esa familia practica con vocación ciega la ecorreligión, una de las más dañinas de nuestros tiempos, quienes la abrazan dejan de tener ideas propias y se fanatizan hasta el extremo de querer expandir su credo por todo el mundo. Dedican zonas enormes de sus pequeñas casas a almacenar basura según criterios secretos y practican deportes absurdos como el de pedalear por las pendientes más pronunciadas de la ciudad procurando tragar todo el humo que les sea posible de los tubos de escape. Deben cometer a diario pecados inconfesables para precisar de tanta penitencia.
Hace ya cuarenta y cinco días de la entrada en vigor de la ley antitabaco y, como era de esperar, la situación se hace insostenible. Miles de ciudadanos denunciados por fumar a escondidas: en el lavabo de su empresa, a la salida del hospital o en la azotea de un colegio. Imagino la expresión de sus caras al ser descubiertos en una situación tan comprometida. Los Juzgados se encuentran saturados debido a las numerosas causas abiertas como consecuencia de los enfrentamientos entre los férreos defensores de la nueva ley y sus despreciados infractores, en algunos casos miembros de una misma familia. Por el momento se contabilizan once muertos, según el gobierno, a consecuencia de los frecuentes disturbios, y veintidós, según el sindicato en defensa del fumador activo.
Por mi parte estoy sobrellevando la situación con mucha dignidad, nadie ha conseguido atraparme, y eso que cada vez me vuelvo más atrevida. Esta misma tarde he fumado unas caladas furtivas en casa de los ecovecinos del tercero cuarta. He subido a preguntarles si podría conectarme un momento a Internet. Jaume me ha orientado hacía la puerta de entrada de la habitación de sus hijos adolescentes donde al parecer se encuentra el ordenador. Al entrar los he pillado fumando a escondidas un cigarro mentolado. Los pobres se han dado un susto de muerte, pero con un guiño de ojos y una sonrisa cómplice he conseguido tranquilizarlos. De inmediato me han ofrecido unas caladas que, por educación, me he visto obligada a aceptar.¡Como odian a sus padres!, casi tanto como yo.

Seis meses y un día desde la entrada en vigor de la ley antitabaco. He dejado de fumar, el gobierno ha declarado el estado de sitio y no es posible comprar tabaco en ningún establecimiento, aunque en el mercado negro se pueden conseguir cigarros sueltos a precios abusivos. Los constantes enfrentamientos, entre bandas rivales que aspiran a hacerse con el control de la venta del tabaco ilegal, hacen de las calles un lugar muy inseguro. Estos grupos mafiosos actúan con total impunidad ante las mismas narices de la policía que hace la vista gorda a cambio de suculentos sobornos. Los políticos tienen intereses directos o indirectos en el negocio por lo que se dedican a protegerlos mientras prometen combatirlos. Sólo se hace uso de las fuerza pública para reprimir con contundencia cualquier manifestación ciudadana contra el desorden establecido.
He decidido unirme a la actividad clandestina, perseguida de forma obsesiva por el gobierno. Hoy es el tercer día que me reúno con el vecino del tercero cuarta, bastó una mirada en la escalera para saber que era uno de los nuestros.
-Jaume he tenido una idea que creo puede funcionar.
-Dime Andrea, ¿en qué has pensado.?
-¿Quiénes son las únicas personas fuera de sospecha en estos momentos?.
- Me parece que nadie Andrea.
-No, piénsalo bien. La administración no teme a los adolescentes. Están tan confundidos a causa de su propia revolución hormonal que no los considera una amenaza.
- A ver, sigue, no sé donde quieres ir a parar.
- Bien, mi plan es el siguiente. Tenemos dificultades para comunicarnos con las otras células. Hacerlo a través de Internet no es seguro, por móvil pueden detectarnos y utilizar el teléfono es un suicidio. Pero ¿Quién podría sospechar nada de un chaval repleto de espinillas que por puro despiste olvida su mochila de marca en algún medio de transporte urbano: en el interior de un autobús o en alguna parada del metro?, ¿y de otro chaval, tan lleno de granos como el anterior, que recoge el bulto descuidado conteniendo la valiosa información que pretendemos intercambiar?.¿Me sigues?.
-Te sigo Andrea y no me gusta nada. Pero, ¿Qué te pasa?, ¡Quieres hacer el favor dejar a mis hijos tranquilos!. Evidentemente no estoy dispuesto a permitir que corran ningún riesgo. De todas formas, no está tan mal pensado, creo que si esta misma actividad la realizan adultos también puede funcionar.
-Quizás, desde luego es sólo una idea, hay que darle muchas vueltas aún.
- Andrea, ¿Sabes qué?.
-¿Qué?
- Me parece que este es el comienzo de una gran amistad.

Carmen Tomás