Es mi gran momento

¿Y por qué lloran tanto?,


 
 

Sublime, impecable, me encanta la atmósfera que he conseguido crear, ha valido la pena el sofocante estrés de las ultimas horas.
Tuviste el mal gusto de fallecer en EL mes de agosto, en plena vorágine social . No me esperaba esto de ti que cuidabas hasta el más mínimo detalle, pero claro el Gran Maestro no podía dejar de provocar ni en el último momento. De todas formas ha valido la pena sacrificar Saint Tropez por esta puesta en escena tan magnífica.
No me ha resultado nada fácil querido, incluso me he visto obligado a insinuar más de un favor personal para asegurar la presencia al evento de todos los que realmente cuentan.
Es mi momento y nada ni nadie puede interponerse. Por fin soy yo quien acapara toda la atención, ya nunca más deberé conformarme con ser el acompañante joven y bello del gran divo de la alta costura. Gustabas de exhibirme como quien pasea un reluciente trofeo, pero en la intimidad rehusabas el contacto físico y eso que estaba dispuesto a satisfacer cualquier fantasía a cambio del pasaporte al delicioso mundo del glamour, rarezas de genio onanista.
Han quedado preciosos los niños del coro, con sus voces angelicales y sus virginales miradas de querubín, lo mismo debe estar pensando el obispo que oficia las exequias. Le he amenazado con airear sus escarceos con algunos de los monaguillos más hermosos para forzarle a vestir el hábito oro y magenta de la colección.
Lo más difícil ha sido obligarle a calzar los zuecos púrpura elevados sobre sufrientes cristos enclavados, pero, ¿qué sabrá el clero de moda?.
Afortunadamente los invitados al velatorio no precisan de mis consejos. Pitita luce divina, quizás la pamela sea de un tamaño un tanto desproporcionado, pero a la esbelta duquesa se le debe consentir absolutamente todo, igual que a nuestra imprescindible Agatha, a sus sesenta y largos, reducidos en más de veinte gracias a la magia de los más prestigiosos cirujanos plásticos, se ha presentado con coletas, falda corta amarilla y una piruleta morada en señal de duelo y respeto. Os adoro, casi tanto como al enjambre de periodistas y fotógrafos que nos rodea.
Pero, ¿qué ven mis trasnochadas pupilas?, ¿quién es esa horrible señora sentada en primera fila, justo frente a los leones alados de inspiración egipcia?.
A mi me va a dar algo, ¿pero cómo ha podido colarse en mi maravillosa performance funeraria ese adefesio?. No, no me lo estoy imaginando, el cuervo enlutado que no cesa de gimotear es tan real como mis gemelos de Louis Vuitton, y además, no puede ser, además viene acompañada de tres muchachos, atractivos hay que admitirlo, pero Jesús ¿de qué van disfrazadas esas ranas de escarcha? camisas de cabrero sobre tejanos de mercadillo, seguro que esconden un trozo de queso y una navajita en los abultados bolsillos de sus pantalones. ¿Y por qué lloran tanto?, si al menos se estuviesen calladitos. En cuanto tenga ocasión me van a oír esos polizontes de medio pelo, qué desfachatez.
¿Dónde va ahora esa descastada con su rebaño?, se han subido a la tarima, y no, no puede ser, la muy bruta se ha adueñado del micro, ¿pero por qué se lo consiente el obispo?. Debe tratarse de un sabotaje. ¡Vaya!, la concurrencia se divierte con la irrupción de los terroristas, no cesan de lanzarse miradas de falsa perplejidad entre risitas cómplices. Sin duda disfrutan con la humillación pública de la que estoy siendo víctima, conozco el poder destructivo de su refinada crueldad.
Y para colmo de males, el ejército de fotógrafos se ha puesto en marcha, mañana todas las revistas del mundo se harán eco de este lamentable suceso. ¿Cómo,?,¿ qué está diciendo entre mocos y lágrimas de fregona desteñida esa desgraciada?, que agradece nuestra asistencia, yo la mato, a ver de qué más es capaz.
Por fin ha terminado su intervención, no voy a encontrar puente suficientemente alto del que arrojarme. Así que el sofisticado Jean Baptiste, el indiscutible emperador de la alta costura, nació en realidad en un pueblecito de las Urdes al que acudía con frecuencia para visitar a su auténtica familia, la palurda que me ha condenado con su explicación y sus tres cachorros.
Bravo maestro, te brindo mi póstumo aplauso, impactante hasta el final. Me ha quedado muy claro, el único que sobra en este entierro soy yo.

Carmen Tomás