
No hemos sido educados para amar a la casa que nos aloja, una casa que nos acompañará en nuestra andadura por esta vida terrenal.
Tenemos miedo a nuestro propio cuerpo y además no le amamos, ni respetamos.
Nos pasamos media vida perjudicándolo y media intentando arreglar el desaguisado.
El gran paso que hemos dado en el conocimiento anatómico humano, ha ido acompañado con la poca confianza en nosotros mismos y a recurrir a un verdadero ejército de médicos especialistas, que plantean interminables batallas con la enfermedad.
Necesitamos pastillas para ir al baño, para dormir, para levantarnos, tranquilizarnos, adelgazar, embarazarnos, dejar de estarlo, para que podamos hacer el amor y para seguir adelante e intentar ganar la batalla a la infelicidad.
Para empezar primero nos tenemos que maravillar de "nuestra carroceria"; hacernos conscientes de la magia que nos da la vida, ya que cada día es un regalo.
Cuando amamos nuestro cuerpo, cuando nos gusta, aprendemos a amar el cuerpo de otro y a respetarlo.