La tierra

Por la catástrofe en Chile


 
 

La tierra se seca, se parte, se enfurece. Se ha caído del mapa por la fuerza que azota y esfuma la gruta azul, o porque, a pesar de la ira del Pacífico, aún continua robando magias de las piedras perennes.

La tierra frustrada se ha convertido en piedras comidas por los siglos y por los habitantes que arrastran sus visiones: frío de invierno palatino y cansancio del légamo añejo ante la mirada erguida e impotente de un solo continente, de un litoral, de una porción delgada de heredad que parpadea ante las basuras acumuladas en las aceras que huelen a polvo viejo y a rancio.

Chile se viste de negro y purpurina estática, para arrancar algún auxilio a las hormigas del sol naciente, que se arrastran y genuflexan ante la historia legada de Occidente.

La tierra late de arriba abajo, se destruye, corre como una cuadriga desbocada e histérica entre basílicas, palacios de piedra y lodo, de casas destruidas. Terremotos infames que arrastran impuros hacia los ojos. Colinas que se bifurcan entre las piedras y el barro a golpes de pecho y crucifijo. Movimientos telúricos que muerden, que asesinan y se beben la sangre…No no existe nada, porque no queda nada, sólo una convulsión de tierra limítrofe, sólo el sabor a cal y humo mal oliente, únicamente la grieta como prueba que el furor natural se increpa en las horas tan cercanas al final y a la muerte.

La tierra se queda muda, callada: dama dormida, después de su andanza impertinente, pecaminosa y fugaz, furiosa. Tierra en los labios que persisten cantando misterios, letanías que musitan Hatos secretos en alboradas de fuego calcinante.

Lorena Avelar