El corazón

es un pequeño reloj


 
 

El corazón es un pequeño reloj que marca el tiempo de lo vivido, es la maquinaria, el centro del presagio, mata demonios con las luces del alba, late por las montañas de sudor y hambre, por los laberintos de caminos difíciles, por la lucha y por la paz o por la rendición del suicidio.

El corazón tiene hilos esdrújulos, va tejiendo sombras en las luces, y sus tonos rojizos se vuelven marrones que lentamente se apoderan de los blancos: a veces es un pequeño, jugador, payaso de papel que redime dolores con sus disfraces.

Corazón de humo, de carencia, de aguijones agudos que laceren la sonrisa que se pierde detrás de un beso, antídotos necesarios para acallar sus interrogantes. Corazón de júbilo, de pasión, de grandeza que cree que el pecado existe, y que el infinito no es más que solo un tiempo, un espacio donde purgar alegrías y tristezas.

Corazón de siempre, de ahora, que teje soles para calentar los cuerpos, huye de lo que aterroriza su timbal interno, lo que merma su latido vacilador y rítmico con toda su bilogía, anegada de acertijos de vida y muerte; para el consumo de las lágrimas recurrentes que visten de alegrías los paraísos de las promesas futuras.

Corazón que reclama la sangre de heridas viejas sólo para resarcir su ternura, y fortalecer su impronta resurrección de héroe y consumir su agonía, redimir sus vulnerables facetas y reconstruir su estructura con los Hatos secretos de promesas cercanas de la paz, que el amor regala envuelta en papel y cintas luminosas para ahogar las promesas con el pan de la llaga abierta.

Lorena Avelar