
Me he detenido un instante para ver correr la vida con mi cara de niña incrédula, oyendo el chasquido de las gotas de lluvia que no dejan de mojar el vidrio de la ventana y las sombras confundidas del temporal y los afectos nuevos enredándose en la comisura de mis labios.
Tengo sueños y a ellos me entrego, se que recogeré borbotones más que tumbos, vientos más que brisas, miradas mucho más que besos. Soñaré con esas grandezas que las entrañas necesitan cuajar para convertirse en sonrisas, sin engaños y con los pies desnudos, para aligerar las cargas y volar, dejar que el viento agite mi cuerpo sin alas y lo convierta en cometa.
Los sueños son las inmensidades que tienen similares azules, parecidas mareas, y simétricas resacas: tengo que probar primero el sabor de la sal y el color de los fondos arenosos, las ilusiones que los pueblan y los enigmas que los baten y cuidar que los maremotos no hirieran gratuitamente las visiones.
Sueño con islas desiertas donde construir castillos, disfrazarme de fiera para enfrentar cataclismos, y amainar nubarrones con soles que iluminen la savia y el camino, derrumbar murallas como un gladiador enfurecido e increpar las miserias por un golpe de dolor que haga descansar el ánimo peregrino…
Soñar ahora, cuando se ciernen los tatuajes con roces robados al tiempo, cuando se difuminan pasiones ignoradas porque se han tirado los olvidos y se adelanta la voz por encima de las lágrimas, presiento el eco de la sangre prisionera rebuscando huecos novedosos. No cierro la puerta y los Hatos secretos se asoman a la vida para aprisionar los sueños, eso sueños que siempre he pretendido…