El universo

A Enrique Cruz-Calonge y Breatriz Russo


 
 

La inmensidad avanza con ambigua variedad celeste en el círculo luminoso del cosmos. Crecen las manos que se alargan en el infinito sobre los surcos estrellados, y se hace la luz luego del bostezo de las sombras. Los unicornios nacen y las noches presagian ilusiones sin que se pierdan las miríadas.

Puedo ver la luna aupada en transparencias del vacío. Los ojos reflejan el pudor de la sangre. Las manos son sarmientos enraizados en el azul dormido del espacio virgen de las distancias lejanas. El cosmos se vuelve aire, oxigeno sideral que me reclama, esferas rojas de fuego, estelas de cometas surfinias rojas recelando contactos.

El universo es carne e ímpetu, es selva y bosque, tapir y tigre, una lágrima, un suspiro cuando retumban los clarines del miedo, y la música ahoga la nostalgia: entonces se abre el barro espeso y los condenados del olvido vuelven a renacer al sabor de la vida.

Se torna resplandor la sombra, y canción de verano los nubarrones cargados de lluvia. Diluvian soles y luces disolutos en mis visiones. Hay sonidos que se escapan del hoyo negro, lujurias centelleantes aparcando constelaciones, exprimiendo la búsqueda de escondrijos y cometas que rasguen el firmamento como centellas inocuas e imprecisas. El universo gira centrífugamente como una ruleta sin rastro, no deja huella, es eco, un grito activo que encalla en los Hatos secretos de lo perpetuo…

Lorena Avelar