
Creí que todo había quedado enterrado bajo los escombros de las palabras hirientes, palabras que aniquilan, asesinan que, matan y rompen lunas inmaculadas y crecientes. Creí que el fervor de la fe había desarraigado el más impuro suspiro o sentimiento inocuo. Déjame decirte, ahora que se rebelan las mandrágoras en antifaces de cristal y que he guardado en mis alforjas cien mil inviernos con nieves altivas con silencios de río.
Atesoré violines y mandolinas para el comienzo de los frutales y para el final de las lágrimas; he escrito sobre lagunas sin agua y cielos bombardeados en negro; exploré las altitudes del dolor y del amor entre sonrisas y lluvias; y pesque sueños que se diluyeron en los dedos débiles y enfermos.
Los débiles somos así, con las manos oscuras y arrugas en los besos. Vemos escapar la vida desde la galera repleta de miedos y silencios, oyendo retumbar las horas en un balcón que nos conduce al infierno, sin futuros y verdades que aprisionen sentimientos eternos.
Somos roca y martillo, guadaña y cebo, espada y reclamo: sabemos de todas las miserias ocultas, y descubrimos casi todos los sortilegios degenerados.
Me hice experta de sonrisas y husmeadora de lamentos. Camarada de duelos y capataz de tormentos. Acuné mi tiempo con corazón de cruzado en un equilibrio deforme de resurrecciones y sangres. Desbordé los límites impuros de la belleza y del sexo. Sentí la vida y la muerte agazapadas tras las sombras, o tras las primaveras cansadas...
Somos débiles ahora que he dado asueto a la memoria, porque me asustan las madrugadas vacías, porque me duelen las marejadas sin barcos, porque me asolan los contrafuegos del tiempo.
Somos débiles, no podemos sobreponer ese exilio que marca nuestro estado, confundidos, necios y cobardes. Déjame decírtelo antes de que los alacranes hagan sus hogueras y se auto-mutilen en vértigos y separaciones en los callados Hatos secretos....