Muerte en mayo

A Don Ángel Flores, que descanse en paz.


 
 

La lápida se ha abierto y es fría, oscura como el cementerio, tan yerta como el cielo negro y triste como las notas de las gaitas y el salterio. No quise acompañarte y despedirme, ni siquiera quiero pensar que ya no existes. El mundo terrenal es un engaño y si tu magia fue una utopía es porque te fuiste.


Que pena que hayas muerto en mayo, en plena primavera, junto a la hojarasca quemada por el sol y el polvo de la tierra. Ayer te vi, apenas ayer sonreías en el Paseo Maragall ilusionado, con tu dulzura de viejo tucán, de viejo lobo, de zorro aventurero. Pero andando por tus caminos, recorridos, tu huella se desplomó hasta el vacío. Caíste en el sendero, en la montaña que escondía en su interior majestuoso tu sonido, el eco de tu voz, aquello que eres y que has sido. Nadie se dio cuenta de tu muerte peregrino. El sol posaba sobre tu cara amarilla, te quedaste quieto, el viento suavizaba tu átomo debilitado. Poco a poco el recuerdo te hizo parte de su ser. Qué pena que hayas muerto en mayo, pero ya eras otoño imperial, enseñanza de antaño, esperanza y recuerdo, señor erguido.


El olvido es aquello que no se recuerda, que se muere o se seca por descuido, lo que se entierra y nunca más se vuelve a ver por egoísmo. El mundo gira como un torbellino y mi llanto cae perpetuo sobre el pecho que duele porque en los Hatos secretos te quedarás dormido, por siempre en una indiferencia que no existe con tu cara de niño.

Lorena Avelar