
Alba del Aguila ganadora del tercer premio del concurso de relatos cortos de The Secret.
Entrega el premio Carles Azcón, artista.
Mandala de los 4 elementos de Carles Azcón y iniciación gratuita al primer nivel de Reiki.
Quisiera escribir una historia fruto de la imaginación, hablar de alguien que nunca supo valorar las cosas buenas de la vida. Alguien que prefirió ahogarse en su egoísmo a ser capaz de querer a otro ser humano sin desconfianzas ni recelos… Me habría encantado hablar de un personaje ficticio que erró continuamente, haciendo sufrir a los que le quisieron, y que pudo al fin encontrar un motivo para vivir, ubicarse en la vida y perseguir sus objetivos, descubriendo así el secreto para, sino ser feliz, almenos ser capaz de querer con todo su corazón sin esperar una traición a cambio.
Lo triste de este asunto es que para hablar de alguien así no debo irme muy lejos, pues la persona descrita anteriormente soy, mejor dicho, fui yo misma.
Mi infancia puede definirse con una sola palabra: CAOS.
Soy el fruto de un amor rebelde de la adolescencia. Mi madre es un ángel disfrazado de persona, insegura de sí misma y con poca capacidad de decisión. Se enamoró perdidamente (y en mi opinión, sigue enamorada) de mi padre, el menor de cinco hermanos. Un eterno esclavo de sus impulsos, parecido a un lobo salvaje imposible de domar, harto de las restricciones que el franquismo conllevaba, ansioso de sentir la libertad y dispuesto a comerse el mundo.
Crecí sin un hogar propio, cambiando de domicilio según las peleas de mis padres y escuchando como cada uno de ellos me hablaba mal del otro. Y a la vez queriéndolos con toda mi alma a los dos.
Finalmente, decidieron hacerme un favor, y se separaron amistosamente. Pues ellos se querían muchísimo, pero no lograban una estabilidad ni económica ni sentimental. Mi padre no era muy amigo de la fidelidad y mi madre estaba al borde de enfermar de celos. Así que escogieron la mejor opción para los tres.
La separación de mis padres no me supuso ningún trauma. Veía a mi madre más tranquila (aún así, triste) y mi padre, aunque disfrutaba las noches como cualquier soltero con ganas de pasarlo bien, me hacía caso y me quería.
Siguiendo con nuestro caos organizativo, decidieron que, para no privarme de la compañía de ninguno de mis padres, me podría ir con el que más me apetecía en cada momento, cosa que me inducía a un subdesorden absoluto y total.
Un día cualquiera de 1992 sonó el teléfono. Iba dispuesta a descolgar cuando una sensación indescriptible invadió todo mi cuerpo. Sabía que llegaban malas noticias.
Cuando al descolgar oí la voz de mi padre diciéndome que se tenía que ir, que tardaría mucho en volver y que no podía acompañarle se confirmaron mis presentimientos. Nadie me explicó la verdad, pero tardé poco en entender que ese día la policía se lo llevó a cumplir condena en Carabanchel. El tráfico de drogas daba lugar a dinero fácil, mujeres y fiestas nocturnas inolvidables…lo que no sabía era que también daría lugar al desmoronamiento interno de su hija de 8 años.
Nadie sabe cómo eché de menos a mi padre durante cuatro eternos y largos años. El simple hecho de sentarme con él en el sofá a ver la televisión se convirtió en un sueño imposible de alcanzar para mí.
Nunca intenté ocultar ni me avergoncé de lo que le pasó a mi padre. No es algo habitual, pero eso no lo convierte en una mala persona. Cometió un error…ENORME. Y pagó por ello.
El día soñado por fin llegó. Nunca olvidaré estar esperando a las puertas de Can Brians para ver salir por aquella puerta gigantesca al hombre más importante de mi vida. No olvidaré como corrí a abrazarlo y me cogió en sus brazos diciéndome lo mucho que me quería. Ojala hubiera sabido demostrármelo. Ese día el me dijo que me quería. Y yo le creí.
Al acabar ese capítulo de nuestras vidas, mis padres decidieron empezar uno nuevo, juntos. Fracasaron una vez más, y una vez más aguanté que cada uno de ellos me hablara mal del otro. Se concentraron de nuevo en ellos mismos… Hola!! estoy aquí!
Hasta que un día, a mis catorce años y desesperada, salí a la calle a llorar. Aquel día el destino me deparaba algo que si lo hubiese sabido habría salido corriendo hasta que mis piernas no pudieran más. Sin embargo, me quedé en aquel banco sentada hablando con aquel “alguien” que se acercó a mi.
La calle se convirtió en mi nueva casa. Allí nadie me hacia sentir culpable de los fracasos personales que existieran. Allí nos juntábamos todos con un mismo objetivo: OLVIDAR. Y para ello nos valíamos de todas las drogas que fueran posibles conseguir.
No me daba cuenta, pero me había convertido en un lobo salvaje imposible de domar, dispuesta a arrasar con cualquiera que se interpusiera en mi camino.
De tal palo…
A mi madre le era imposible dialogar conmigo y mi padre se convirtió en el lobo dominante al que había que aniquilar.
En realidad sólo estaba perdida. Había idolatrado el momento en que mi padre volviera a mi vida para así, convertir el caos anterior en una perfección que ninguna familia podría conseguir. Habría querido pasarme meses abrazada a él sin soltarme, y en vez de eso, encontré más discusiones. No entendía como a los dos se les había olvidado los cuatro años de soledad que cada uno vivimos a nuestra manera. Así que pensé que ese era mi destino: LA SOLEDAD.
Cuando mi padre me dio la noticia me quedé fría.
- No será mi hermana –le dije- no es hija de mi madre.
- Pero sí de tu padre, y la querrás más de lo que te puedes imaginar. Lo sé.
Pensé que mi padre al formar otra familia se olvidaba de mí por completo. “Me dijo que me quería…” era lo único que resonaba en mi cabeza.
Nunca imaginé que sentiría lo que sentí al coger aquel bebé llorón y flaco entre mis brazos. El simple contacto de mi piel con la suya me llenó de amor. Más del que habría necesitado recibir en toda mi vida. Y de golpe, mientras observaba como su manita diminuta se agarraba a mi dedo índice, supe que si ese ser hiciera en la calle lo que yo hacía, la más profunda de las tristezas se apoderaría de mí, y en un segundo entendí lo que les había hecho pasar a mis padres.
Al día siguiente de su nacimiento mi madre me acompañó a un centro de desintoxicación.
Es curioso como cada uno de nosotros denominamos “el secreto”.Para mí tiene nombre propio, se llama Candela, y dos años y ocho meses después pude, llena de alegría, añadir un nombre más. La pequeña Gala.
Ellas supieron entregarme cada mañana al despertar una caricia nueva y construir un amor indestructible que me dio fuerzas para quererme, en primer lugar a mí misma y seguidamente a mi familia. Su confianza y su amor incondicional hacia mi, es lo que me hace ser consciente cada día de mi vida, que ésta puede ser realmente bella, que tu entorno te entregará aquello que tu desprendas al caminar y que, a pesar de todo, hay gente buena en la que se puede confiar.