Una estrella imprudente cayose al río Guadalquivir
y allí en el fondo brilla aún sorprendida, por eso
Córdoba tiene avenidas imantadas
que atraen, mucho antes de percibírsela,
a viajeros somnolientos y fatigados
para bañarlos en su hechizo moruno.
Córdoba era una góndola
suspendida en la luna de la noche;
El Guadalquivir reptaba por el cielo
con su cazamariposas repleto de peces de plata
y la Vía Láctea fluía por las vegas
cortejando insomnes y acuosas arboledas.
Las calles se henchían de húmedas ternuras
y tras mis párpados se ocultaban ensueños apacibles;
Las doradas luces del río se reflejaron en las farolas,
centinelas a lo largo de los muros,
y cuando los búhos escoltaron mis susurros
mis pasos flotaban entre las copas de los árboles.
Y a tal punto me sugestionó tu encanto nocturno
que no sé, Córdoba del Guadalquivir,
si tan sólo te vi, o mas bien te soñé.
Mayo `79/1-I-`94.
Del Cuaderno del Sur (Poemas andaluces en Semana Santa).