
Su mirada la acariciaba y su deseo por ser saciada le hacía impacientarse mientras sus labios mojaban su borde. Cerró los ojos y pudo sentir como él entraba en el interior de su boca dejando un sabor agridulce, agridulce como la vida misma. Ella cerró los ojos y suavemente la acarició recreándose en cada uno de sus pequeños y tallados contornos. Volvió a mojarse los labios, esta vez su lengua contorneaba su labio inferior y sus manos la continuaban acariciando. Intentó abrir sus ojos, pero el deseo de ser besada y de ser acariciada se lo impidió. Deseo que acariciaba su pensamiento, acurrucaba su miedo, canalizaba su capricho… Su boca la volvía a buscar, esta vez entró en su interior deslizándose lentamente, dejando un agradable calor, una agradable temperatura en su cuerpo que provocaba una sensación de pasión, de placer; y bebió hasta que su pensamiento se enturbió y se arrodilló a su capricho.
Ella extendió su mano y dejó sobre la mesa la copa que albergaba a su fiel amigo; siempre era la misma, su fino cristal acogía todo su deseo, todo su dolor, toda su ilusión. Ahí estaba él. Su mirada le envolvió, sus ojos se nublaron al verle, sus labios buscaban ser mojados, pero esta vez no encontraron la fuente que hacía un momento le habían dado de beber. Y cerró sus ojos, buscó con deseo sentir su piel, sentir su olor, su movimiento, su silencio. Era él, el hombre que ahora en ese instante, en ese momento, había escogido y deseado entre tantos.
Extendió sus manos buscando las suyas, y las sintió. Podía sentir su calor, su energía, su temor, su pasión, podía sentir todo su yo. Las acarició suave y lentamente como si se tratara de acompañar a una frágil y suave pluma. Las acercó a su cara, las acurrucó, contorneó cada uno de sus dedos con sus labios entreabiertos, labios mojados por el deseo, labios que tanto habían besado por amor. Su lengua enmudecida como si se tratara de un invidente, buscaba la sabia forma de sus manos, manos que tanto habrían acariciado, buscaba cada uno sus pliegues contorneándose de placer en cada una de sus falanges, manteniendo una distancia que ayudaba a evitar ese abrazo tan deseado.
Y ella le miró intentando encontrar esa mirada que tanto deseaba, pero no lo consiguió. No le importó: su deseo de gozar un momento de placer en su tiempo, en su espacio, le hizo caer en el olvido de la mirada cómplice, de la caricia compartida, del abrazo que funde el deseo convirtiéndolo en eso que llaman amor. Suavemente, acompañada por el ritmo de su respiración, deslizó por su frágil cuerpo su albornoz. Sus descalzos pies pudieron sentirlo caer, pies que se elevaron al blanco de la cama como si de un cielo blanco se tratara, y su cuerpo se deslizó impregnado en deseo, y ahí estaba él.
Ella lo miró y, como si de una niña se tratara, dio varias vueltas acariciando ese momento. Sus negros ojos veían ese trocito de cielo blanco que generosamente le premiaba con esa esclava libertad. Ella se acercó un poco más al deseo. Ahora podía sentir su calor corporal, podía sentir las vibraciones que entrecortadas unían sus cuerpos. Allí estaba él, desnudo, esperando que ella entrelazara su deseo y su capricho para poder gozarla, poder fundirla en placer. Ella quería sentirse ocupada, saciada. Necesitaba sentirse amada escuchando el silencio, sintiendo lo invisible, gozando del deseo, revolcándose de placer.
Su piel morena bañada por el sol reflejaba unas pequeñas estrellas, estrellas enclavadas en su piel, piel que tantas y tantas veces se sintió besada, acariciada, recorrida por el deseo de unas manos como las de él. Ella se retorció de deseo en ese blanco cielo cuando sintió que sus manos y sus labios entreabiertos, acompañados por su enmudecida lengua, exploraban sus pequeños senos. Senos erectos por la excitación que le provocaba ese estado carente de palabras, de gestos, de amor. Su respiración exaltada le alertó de su descarada excitación, quería ser penetrada, poseída, quería sentir el placer en ese mismo instante, necesitaba sentir que su alma podía saciar su deseo en el silencio, en la soledad.
Sintió como sus manos huían de sus senos y recorrían impacientes esas estrellas enclavadas en su morena piel buscando más placer. Ella sentía como su corazón latía más intensamente dando impulso a su respiración y, como si de una melodía se tratará, su vagina susurraba a los oídos del deseo dilatándose de placer. Y sus manos se deslizaron lentamente por su entrepierna acariciando esa melodía y el deseo se intensificó. Ella reclamó la atención de su mirada, mirada tan deseada, pero no la encontró y no le importó. Abrió con gran entrega sus piernas, restregándose en el blanco cielo, elevando lentamente sus nalgas y entregándose al deseo. Deseó intensamente ser penetrada, necesitaba sentirse ocupada. Sintió como lentamente entraba en su vagina, quién le acogía con un desafiante agrado y una descarada excitación. Ella se revolcó por el blanco cielo, envuelta en sudor y pasión, sintiendo una y otra vez la entrada de él. Podía sentir como su deseo se deshacía convirtiéndose en lubricante del placer. Como su corazón latía extasiado al sentir que su alma huía de ese momento dejando presente tan sólo el capricho y el deseo fundiéndose, para caer lentamente en ese cielo blanco derrotada por el placer. Y como si de una pobre niña se tratara, se acurrucó, buscando esa mirada tan deseada, pero no la encontró, cerro sus ojos y no le importó.