
Y no para de llover…. El público se ha ido haciendo invisible, además, es lunes. Hemos abierto a pesar de que no hay actuación. Fernando y Pepe Valverde --hermanos gemelos, socios y dueños del local-- suelen aprovecharlos para invitar a sus amistades más intimas, aunque la fiesta no comienza hasta pasadas las tres, cuando cerramos. Sólo se quedan un par de camareros de absoluta confianza y ni a Sergio, ni a Enrique hay forma humana de sonsacarles sobre lo que ocurre en Cristal cuando llegan los Valverde. El resto tenemos trato únicamente con el encargado, Demetrio Domínguez, un hombre de bar de toda la vida, con mucha paciencia y con un inquebrantable silencio frente a cualquier tipo de preguntas que generemos. Demetrio nos despide deprisa los lunes que tienen que hacer acto de presencia y no empieza a organizar y a dar órdenes hasta constatar que hemos salido del local.
Sigue lloviendo y son casi las dos de un lunes inundado que se niega a pasar. Demetrio tiene la gripe y Sergio me ha pedido que cierre porque Enrique tampoco se ha presentado a trabajar: operaron ayer a su mujer de una peritonitis. Rocío se acaba de ir con Juan, que la deja a un paso de su casa y así se ahorra el taxi, aunque tampoco hace falta que me espere hasta las tres en punto para cerrar…. Esta cárcel de barrotes mojados que no cesa no va a dejarme ir a ningún lado.
Aparecéis tras la lluvia como si os estuviera inventando. Quedan pocas luces encendidas dentro del local y la penumbra arrebuja risas, chapoteos, vuestras sacudidas. Extendéis los abrigos sobre las mesas, los sombreros que también lleváis. Curioso. Los dos de la misma altura aproximadamente, empapados de arriba abajo. Dejando un reguero, vas acercándote hasta la barra mientras tu hermano se encamina al lavabo, que no duda en encontrar. Conocéis bien el local, no cabe la menor duda. Quieres dos copas, algo verdaderamente apetecible para el aguacero que nos tiene atrapados. La luz me ciega y te das cuenta antes de desplazarte mínimamente para que te visualice mejor. No, no soy Rocío, cierto, hace un rato que se fue a casa, así que me presento. ¡Ah! sí, comentas e insistes en las copas y te sientas en una de las mesas. De espaldas, me informas de que Demetrio se encuentra mucho mejor, que mañana seguro estará en el local. Dudo entre el whisky y la ginebra para empezar, pero la lluvia acaba por decidirme. La justa proporción: ese es el secreto del Gimlet --la lima pone el aroma en el sabor-- mucho hielo y saber utilizar la coctelera. Nada más, nada salvo añadirle la guinda verde. El bote está casi vacío. Quedan algunas, pero todas son rojas. Demetrio las guarda en el almacén aunque no sé si las encontraré. Te comento desde la barra que voy a buscarlas. No tardaré aunque ni te dignas a mirarme: permaneces de espaldas, los ojos clavados en la ventana por la que llueve sin descanso, ni consuelo, licuándonos las ganas. Antes de entrar en la cocina me atrapa tu voz: no quieres música, prefieres el murmullo del agua cayendo, mojándonos a todos por igual. El otro sigue en el lavabo todavía.
Las llaves no aparecen por ningún lado, aunque no me resigno a servir los Gimlets con una guinda roja. Oigo pasos tras mi espalda. La puerta se entreabre y escucho dónde encontrarlas, razón de más para acabar dando con ellas y corro hasta la puerta del almacén. La bombilla se funde al encenderla. Con un simple mechero en la mano me meto por el lado de la izquierda, en el que alcanzo a divisar botes de conservas. No es tan fácil leer las etiquetas en estas condiciones. Vuelvo a oír pasos, pero esta vez no se detienen. El mechero se me cae y no logro encontrarlo. Empiezo a agobiarme hasta que percibo tu voz preguntándome si busco las guindas verdes…. Claro que las busco, ya lo sabes, aunque la penumbra me lo impida, pero tus manos me las acercan como por arte de magia y me pides que me deje hacer, que me va a gustar. Sacas un pañuelo del bolsillo y, a pesar de la oscuridad, me vendas los ojos antes de estirarme en el suelo y atarme las muñecas. Ha vuelto la luz, lo noto perfectamente y tus idas y venidas hasta que siento tu respiración acelerándose, cerca, cada vez más cerca y empiezas a desnudarme, sin rozarme apenas y son guindas verdes --lo sé, lo sabemos los dos-- desde mis labios las que vas deslizando, una a una, por el cuello, entre mis pechos, hacia el ombligo, resbalando más aún, hasta la cueva del mosto de granadas --la más escondida-- escanciándonos almíbar, dentro, entre tu boca y mi cueva, mientras tu lengua baila infinitamente, ápice imposible, guinda a guinda, entrando, saliendo, comiendo, comiéndonos, almibarándonos hasta engancharnos, engancharnos sublimemente garganta abajo, cueva adentro, cueva del mosto de granadas, todo mosto de guindas ahora, guindas verdes, maravillosamente verdes: verde carne, pelo verde, los ojos vendados, cerrados, cruzando el espejo para encontrarme con el vértigo al abrirlos de golpe, por más que vendados –no importa-- la única realidad es estar cayendo sin remedio, cada vez más suave, mojándonos más, todavía más, hasta que estallo en un grito que nos estoca y nos diluye entre el silencio.
Casi ni me he enterado de cuando me has desatado las muñecas. Ya no estás aquí. Reina la oscuridad total, una vez más. El pañuelo cae con facilidad cuando inicio la verticalidad de toda mi persona, tal si volviera de un lugar tan lejano que ni imaginaba pudiera existir. Salgo del almacén y me acabo de vestir en la cocina sin ninguna prisa ya, antes de salir con las tres guindas que has dejado en el bote. A propósito, claro, claro como el agua que está cayendo: tres guindas verdes, verdísimas y muy brillantes. Sin miraros, vuelvo a preparar los Gimlets, aunque tu voz me anuncia que os acompañaré, que serán tres. En cuanto los dejo en la mesa, me invitas a sentarme y me propones un juego muy simple, con el brindis. Se trata de que responda a una única pregunta. Si la acierto, podré ver cumplido un deseo: así de fácil e increíble, sólo tengo que probar para comprobar que basta con pedirlo, pero antes he de adivinar si has sido tú o tu hermano el que me ha ayudado a encontrar las guindas verdes hace un momento y ahora estáis esperando a que responda saboreando el momento sin perderos detalle, Gimlet abajo , lamiendo, bebiéndome el gesto por partida doble, si es que no habéis sido los dos ¿verdad?....los dos, los hermanitos y gemelísimos Valverde en persona y en directo.