Turismo rural

¡ No pares !


 
 

Fue idea de Paula.
Lucia un sol de final del mes de Junio. Casa Oliver está rodeado de pastos. Detrás de la masía, un bosque profundo de pino rojo. Un torrente atraviesa el prado y se pierde entre los matorrales. Seis apartamentos, uno al lado del otro, componiendo un solo conjunto. En el centro, la casa donde está la recepción, el servicio de cocina, un bar, el comedor y una sala de estar. Nos dieron un apartamento de habitación y baño, tenia una salita con una mesa y un sofá, y en un rincón, una pequeña cocina. No quedaba ninguno más. -Todo lleno. nos dijo la dueña. Después la gente se queja, pensé, rejodida crisis.
Habíamos llevado comida para los desayunos y las cenas.
Primer problema. ¿Dónde dormir?... La habitación era grande. La cama de metro ochenta.
-Ya dormiré yo en el sofá-cama, dijo él. Roberto es amigo nuestro. Formamos un buen grupo los tres. Roberto y yo nos enrollamos desde un día que le hice un buen repaso y se le quedó cara de boniato al pobre. Pero Paula y él se gustaban desde mucho antes de que yo me metiera de por medio.
- ! Va… salgamos a dar una vuelta antes de comer ! dije. Hacía mucho calor. Cogimos un camino que llevaba hacia el torrente. Había un prado soleado al lado del agua. Paula y yo llevábamos falda corta y camiseta, Roberto llevaba pantalones cortos.
- ¿ Rita donde vas tan descocada ?, me dijo Roberto.
A mí y a Paula nos encanta ir de calienta-pollas, por dios que nos va ese rollo a las dos. Pero, la mayoría de hombres son tontos del culo y se encogen como alpargatas en cuanto nos insinuamos.
- Roberto! No parece que te gusten mucho… le dije yo, acariciándome con las manos las tetas. Me las miró en seguida. Los pezones marcándose por debajo bajo de la camiseta siempre son un valor seguro.
- A ver si los míos te gustan más, dijo Paula, estregándose las tetas mientras hacia una mueca con los labios en plan beso chupetón.
-¡ Huy ! pero mira qué bonito el niño… que patas más peludas tiene… ! debes ser un animal protegido, tú !, dije yo.
Roberto se quedó más cortado que un café de maíz. Y nosotras venga a reír. Le habíamos puesto fuera de combate.
Jugamos un rato metiendo los pies en el agua. Acabamos todos con la ropa bien mojada.
- hummm… me dijo Paula, - parece que te has meado.
Roberto no nos sacaba los ojos de encima.
En seguida volvimos a la masía, teníamos hambre.
Buen comer y buen beber, una comida fantástica. Al terminar, había pocas ganas de charla, todos teníamos sueño, mejor dicho, etérea somnolencia.
- Me voy al apartamento a hacer la siesta, dijo Roberto.
- Yo también, le contesté.
- Si queréis ir a estregaros, no hace falta que paguéis la misa del cura. respondió Paula - yo me quedo a leer un rato, y sacó de la bolsa un pequeño libro de bolsillo.
La habitación perfecta. La temperatura justa para poder estar desnudos sobre la cama. Roberto se volvió de espaldas. No lo dejaría dormir a ese pedazo de burro. Un instante después, le empecé a tocar la espalda con la yema de los dedos. No se movía. Me acerqué por detrás hasta tocar con los pechos su piel. Notó mis pezones. Me pegué a él, quería que sintiera mi cuerpo caliente… sentir su culo en mi pubis. Iba rasurada. Le tocaba el pelo. Se movió. Me separé un poco mientras le tocaba las nalgas. Pasé mano delante, avanzaba por la ingle sin tocarle el pene, solo quería que notara el dorso de mi mano rozando los testículos y la polla. Se estremeció. - Me vuelve loca sentir como se agranda un pene.- Empecé a acariciar sus testículos, lenta, muy suavemente. Remojaba los dedos con saliva, le acariciaba el perineo, bajaba hasta el ano, arriba y abajo. Se volvió a estremecer mientras lo recorría con los dedos mojados. Paré un momento. Yo ya estaba mojada.
- A ti todavía te gusta la Paula, ¿verdad?
- ¿Qué dices?
- ¡ Va dímelo ahora mismo ! …o me levanto de la cama.
El interrogatorio duró un rato, él sudaba tinta. Que si, que no, que quizás... En definitiva, una sarta de tonterías.
- ¿ Pero no ves que no pasa nada ? le espeté. - ¡ Eres más burro !.
Un instante, y se volvió. Le besé. Me gusta como me chupa los labios y me los aprieta. Rejodido el tío, estaba bien empalmado. Y yo que no me corto, le cogí el nabo con la mano, ya no lo pensaba dejar. Parecía una longaniza. Se le movía como si fuera un consolador de plástico. Me encanta su polla. Es ancha y brillante, y se contrae, dios mío como se contrae, pensaba yo. Me gustaba llevar el ritmo. Lo tenía muy caliente.
- Pasaba por aquí...
- Ostia, Paula!. - Dijimos los dos a la vez.
- ¿ Qué esperabais...?, a mí también me da pereza leer. Pero seguir, seguir... Yo sólo miraré de vez en cuando, ! si me dejáis, claro !.
- ¡ Serás putón ! y lo dices convencida.
- ¡ A ti qué te parece, pastorcilla bendita ! A ver... ¿ por qué no puedo mirar yo ?.
Mientras, se iba sacando la ropa tranquilamente, hasta que quedó en pelotas.
- ¿Qué me tenéis miedo?, dijo.
Y mira que está buena la tiparra. Nunca me lo había hecho con ninguna mujer, pero me puso caliente verla así de coneja con todo aquel tetamen. A Roberto la baba le llegaba al ombligo, y los ojos se le habían puesto de merluza loca.
- Va, ven. le dije. Pero con una condición, que el único coño que se comerá su polla será el mío. – Vale. respondió.
En un santiamén la teníamos en la cama. Me levanté a buscar cuatro cosas de la cocina.
- Túmbate en medio de la cama - le dije.
Cogí dos pinzas de tender la ropa de dentro de un cajón. Me acerqué y le apreté los pezones con los dedos hasta que se pusieron como dos dedales.
– ! Toma !... recréate. le coloqué sin miramientos una pinza en cada pezón. La Barbie-Paula tetuda soltó un pequeño grito.
- ¡ Oh si ! Me gusta... Os quiero.
- Y ahora... míranos bien - le dije.
Me mojé bien con saliva los labios de la entrepierna, me senté encima de Robert, me la puse bien... y me la lleve para dentro. ¡ Dios mío ! qué gustazo, los diecisiete centímetros y pico que calza. \"Arre.. arre caballito.....\" cabalgaba, mientras miraba a Paula que ponía unos ojillos de putilla enloquecida.
- ¿ Qué ... te gusta como me la clava ? Te lo follarías ehhh?.
- ¡ Si, siiiiii !. Dijo la putilla.
Volví la cabeza hacia Robert y le dije: - Va, métele un dedo.
No le costó mucho, no, ponerse al lío. En un momento le había metido no uno, no,... ni dos,… estaba removiendo la tortilla con tres dedos que hacían chorrear la patata arrugada de Paula como si fuera un bote de miel. La zorra se retorcía. Nunca me hubiera imaginado que fuera tan caliente.
- Te tendré que castigar porque no te has portado bien.
Mientras tanto, cogí el calabacín que había traído de la cocina y se lo metí poco a poco hasta que comenzó gritar.
- Grita, grita, que no vendrán los vecinos. decía yo, mientras le bailaba una danza de calabacín de entrada y salida que hasta los ángeles cantaban. Paula estaba disfrutando como una cerda, Roberto se había quedado sin trabajo.
- ¡ Chúpasela a Roberto, ahora mismo, venga !
- ¡ En buena hora se lo dije ! Le cogió el chorizo y lo empezó a lamer como un helado. Mientras yo le seguía desatascando la tubería con el calabacín.
- ¡ Cómo se lo lames puñetera. ! me estás poniendo cerda. Quiero que me comas a mí.
Me habían entrado ganas de follármela. No me lo podía creer.
- Venid, quiero que me hagáis una tortilla de espárragos y manteca.
Les di el bote de aloé vera que siempre llevo en el bolso y me heché en la cama abierta y mojada de deseo. Ella y Roberto comenzaron a untarme del cuello hasta los pies. A cuatro manos, suavemente, como si fuera un piano. Y yo empecé el concierto en si bemol, tocata sin fuga ni nada, oye.
- ¡ Aaaaaais ¡… oí que gritaba Paula. El gamberro de Roberto le había dado la vuelta y la había agarrado por detrás.
- ¿ No te he dicho antes que era sólo para mí coño, esa polla ?
- Rita, no te preocupes que yo soy mujer de palabra. Tengo el coño limpio como una patena de consagrar.
La cerda le daba unas enculadas que parecía que acabara el mundo. Era cierto, no le había hablado del culo. Pero hóstia ! ...ni que lo hubiera hecho toda la vida. Y el, allí quieto, arrodillado como un monje y con los ojos perdidos… ella moviendo el culo arriba y abajo ordeñando aquel bicharraco.
Tendida de espalda, me metí debajo mismo de las dos piernas para ver que se cocía. Jolín, entera por el culo... y no paraba de entrar y salir. Se había embadurnado todo el culo de crema de aloé. Aquello era un fandango cocinado con ajo y aceite de primera.
- ¡ Rediós ! ... y al tiempo de pensar en ello, que se agacha la Paula y se me lanza con su boca al marisco fresco.
- ¡ Niña !... qué lenguaza que tienes, por dios y todos los santos. - ¡ No pares !
No paró ni nada.
De hecho allí no paramos durante un buen rato... hasta que de pronto, un relámpago nos vino a anunciar tormenta.
Cayó un buen chaparrón aquella tarde.

Han pasado un par de semanas.

Me había olvidado de mencionarlo en este diario. Mi marido tiene una amante. Él no sabe que estoy al caso. María, se llama. Ya me va bien, que se distraiga y no me agobie demasiado... el trabajo que le debe dar a la pobre María, aquel pedazo de papanatas rematado.
Ya hace tiempo que hubiera tenido que buscar una buena zorra que le enseñara cuatro cosas.
Un día de estos organizaré una salida para ir los cinco de turismo rural... ¡ Qué le vamos a hacer !


Una servidora, Rita la \"Cantaora\"

pseudónim Rita la Cantaora