
Me gusta
que me provoques,
que me lleves contigo,
que me arrastres
con esa mágia
insólita
que me pierde.
Me deslizo
en tus goteos.
Desaparezco.
Entro en tu espacio.
Resbalo.
Me agarro
a respuestas
que me hieren.
Tengo la piel
untada de deseo.
Las nieblas se me acercan,
las palabras me hunden,
me lanzan,
vuelven.
Un movimiento de sombras.
-pausa.
Un instante de ausencia.
De nuevo la ola,
la presencia de unas manos
que nunca se acaban.
¡Oh, dios!
-Otra pausa.
Un delirio.
El yo ancestral que se hunde
en el límite del horizonte
que desaparece,
irremisible, trágico,
como un océano
táctil
de húmedas sugerencias.
Me das todo. Lo sé,
o quizás sólo me lo imagino
que me estás poseyendo,
y que no es,
que me pierdes,
y tu gesto me cierra los ojos
y presionas más fuerte
para que me dé cuenta de que es,
y guarde silencio,
este silencio
que nos deshace
lentamente
en este instante
dentro de nosotros.