
Procedió a prepararse para el ritual de apareamiento. Se depiló, rasuró, perfumó, maquilló e incluso disfrazó. ¡Qué empiece la función!. Cuando Álvaro la vio sobre la cama, el busto ceñido por un corsé de seda negro, atado con lazos tan rojos como el carmín de sus labios o las mariposas que revoloteaban excitadas entre el azabache de su melena rizada. Sin otra ropa que cubriese su rosada piel que unos zapatos dorados de tacón de aguja, enloqueció de alegría. “Te voy a comer entera” y así lo hizo, procurando que la loba hambrienta diese rienda suelta a toda su creatividad. Andrea tuvo su primer orgasmo, y el segundo y el tercero, en aquella noche legendaria, iluminada por cientos de velas que, junto a los cojines y cortinas de terciopelo, formaban parte del atrezzo escogido por la artista para conseguir un escenario digno del barroco más tardío. Los vecinos del inmueble recordarían estupefactos la noche de aullidos en que sintieron temblar los cimientos de la vivienda.