
Los emperadores mogoles fueron grandes constructores. Palacios y edificios dan prueba de su perfección y técnica.
La India, según Tagore, permanecía ajena a las decepciones del pasado, porque sus hogares, sus campos, sus escuelas les pertenecían, sus tronos no les concernían. El joven príncipe, gobernaba con altivez un Imperio de monjes, vagabundos y hambrientos. Algunos padres, incluso, vendían a sus hijos como esclavos.
El joven príncipe hijo del emperador, se enamoró de,"Mumtaz Mahall", la hija de su primer ministro. La boda tuvo que posponerse, ya que, como príncipe, antes debía casarse con una princesa.
Por fin, el 22 de Marzo, los dos jóvenes unieron sus vidas. El príncipe subió al Trono, con el nombre de “Sah Gahan” y se convirtió en un bravo soldado y gobernante clemente. Tuvieron catorce hijos, muriendo la esposa en el último parto.
Desde entonces, desesperado, sólo vivió para inmortalizar a su amada, y construyó el “Taj Mahal”, su mausoleo, emulaba los siete cielos del Paraíso. La parte central del “Taj Mahal”, en forma de lágrima, está entre dos mezquitas, flanqueada por cuatro minaretes inclinados hacia el exterior. En el interior, arcos dibujados, flores entrelazadas con letras enamoradas. Al año de su muerte, el Rey mandó componer un poema a los blancos pechos de una madre que había amamantado trece hijos y que él mismo recitó.
En los jardines, flores blancas como las cumbres nevadas que ella amaba, azules como el velo azul que llevaba el día que la conoció y amarillas como la luna menguante.
Lágrimas de un hombre y de todo un pueblo que en peregrinación suspira en silencio. Con el corazón herido, mirando al mausoleo, dejando constancia de fidelidad y amor más allá de la eternidad.
Al término de este relato, me doy cuenta que hoy es 22 de Marzo, el mismo día que Ellos unieron sus vidas para siempre. ¿Es casualidad? ¿Qué me empujó a escribir sobre el “Taj Mahal” precisamente en esta fecha?
Mi homenaje para esa bella mujer que parió catorce hijos con dolor, muriendo en el último parto. Mi admiración a sus blancos pechos y a tantos otros de diferentes razas y de distintos colores que con ternura abrazan al hijo dándole vida y amor.
Nuria Font