Japón

Crónicas de us-Safar


 
 

Nunca había sido mi sueño viajar a Japón.
Siento más atracción para sociedades no tan ricas y avanzadas. El desarrollo económico se traduce demasiadas veces en decadencia de valores como el respeto, la solidaridad, la hospitalidad ..., que diferencian a las verdaderas personas de los consumidores compulsivos de sociedades abocadas al culto al dinero.
Estos valores perdidos son los que busco al viajar, y son el tesoro de países pobres y los que, no siéndolo tanto, mantienen sus costumbres y tradiciones más profundos.
No espero encontrar esto en los japoneses, con su imagen de autómatas enfermizamente fieles a la empresa que los contrata de por vida. Quién no se ha preguntado nunca si son verdaderamente humanos o son los descendientes de una extraña civilización alienígena?

De todos modos ... estoy aquí, en Tokio, megalópolis inconmensurable y ultramoderna, tratando de digerir el impacto recibido durante las primeras horas en este país. Impacto al comprobar gratamente que algunos de mis prejuicios han tambaleado o se han derrumbado estrepitosamente provocando hacerme una expectación inesperada.

El primer impacto se ha producido sólo desembarcar del avión. Agradezco el paseo por la terminal, que permite estirar las piernas y hacer un poco de actividad física después de tantas horas hecho un cuatro en clase turista. Rápido control de pasaportes y llegada en la cinta de equipajes donde me espera, contenta y dando vueltas, mi maleta. Esta primera y contundente muestra de eficiencia y de respeto al tiempo de los demás me ha dejado boquiabierto. Y esto sólo ha sido el comienzo. El andén del tren que me ha de llevar al centro de la ciudad es dentro del aeropuerto, y en poco tiempo estoy cómodamente instalado en el vagón donde pasaré los próximos cincuenta minutos. Todo este prodigio de eficacia no ha durado más de media hora. Impresionante! Sobre todo teniendo en cuenta que en Occidente, la extrema paranoia por la seguridad, la falta de información, la pésima organización o el poco respeto por los viajeros, hacen que este proceso sea interminable y casi disuasorio. En concreto, en Barcelona, el trayecto hacia / desde el aeropuerto es una incierta odisea.
Y este primer impacto tiene otra dimensión que lo hace aún más prodigioso: todo el proceso descrito se ha producido sin sentirse ni un alma. Nadie grita, nadie corre, una música relajante envuelve el ambiente. Realmente emocionante.

Salgo de la laberíntica estación central de Tokio para la salida de Marunouchi, donde se conserva la fachada de la antigua estación. Ante mi aparecen enormes edificios de oficinas, rascacielos brillantes, que compiten en altura. Acero y vidrio, símbolos de poder, de progreso y de modernidad. Y en este momento se ha producido el segundo impacto: una mujer joven atraviesa precipitadamente la calle en dirección a la estación. Va vestida con un delicado y elegante kimono tradicional que le obliga a hacer pasitos cortos y rápidos. Bolsa de mimbre y ropa a juego colgada del brazo, y sombrilla para proteger su piel de porcelana. Sólo se oye el clac-clac de las sandalias de madera sobre el asfalto. Esta escena ha sido el primer ejemplo del cliché japonés de la convivencia entre tradición y modernidad.

Totalmente desorientado, cojo un taxi para ir al hotel que reservé por internet. Intento tomar la manija de la puerta para abrirla pero esta se me adelanta y se abre sola. Caramba! Doy el papel de la reserva, con el nombre y dirección del hotel, al'impecable taxista adornado de uniforme, gorra de plato y guantes blancos. Arranca el vehículo y el hombre dice algo que evidentemente no entiendo. Sorprendido, le contesto con un inevitable: "Lo siento muchacho, no te entiendo". Y me doy cuenta que el hombre no habla conmigo, habla con el gps! He hecho el ridículo. Suerte que el taxista me ha ignorado totalmente. Llegamos al hotel y la puerta insiste en actuar por su cuenta. Baixo yo, baja el equipaje y, una vez más, por acto reflejo, intento cerrar la puerta haciendo una vez al aire. La maldita puerta se me ha vuelto a avanzar. Me quedo en la acera y me siento como Paco Martínez Soria recién llegado a la capital, mientras se aleja el taxi fantástico.

Más impactos. Situado en el centro de Tokio, cerca de la estación, en un distrito donde predominan grandes edificios de oficinas. Es domingo, son las tres de la tarde y no hay absolutamente nadie por la calle. Ni gente, ni coches, ni ruido. Ningún rastro de vida. Una rara conmoción se apodera de mí: es que acaso Godzila ha atacado Tokio por enésima vez?

Desestimo esta posibilidad y me pregunto dónde está todo el mundo. Leo que en un lugar llamado Harajuku se reúne toda la juventud más moderno y estrafalario de la ciudad. Llego fácilmente gracias a la inmensa red de metro que atraviesa la ciudad en todas direcciones. He parado una estación antes para llegar paseando y irme impregnando del ambiente. Emerge a Omote Sando ... Es un bulevar de suaves pendientes donde se concentran establecimientos de las principales marcas de lujo que todos conocemos y que difícilmente podremos hacer ningún gasto. Hileras de dependientes y empleados hacen reverencias de ángulo recto, que destrozarían nuestras riñonada, a fines clientes que salen cargadas de bolsas. Y efectivamente ..., están aquí! Riadas de gente comparables a las del Portal de l'Àngel en vísperas de Navidad.
Elegantes boutiques y sofisticadas cafeterías de diseño en un ambiente relajado a la sombra de los árboles. Sigo el rastro de los primeros ejemplares extrañamente vestidos. Cabellos puntiagudos de colores llamativos y indumentarias de combinaciones imposibles. Grandes pantallas lanzan consignas comerciales a los peatones indiferentes. Sólo yo voy con la boca abierta. Llego a Yoyogi-koen, parque donde se reúne la juventud extravagante. Chicos y, sobre todo, chicas muy jóvenes vestidos de la forma más estrafalaria que os podáis imaginar. Son los llamados cos-play-zoku (chicos de los disfraces). Recogen todo tipo de ropa, sombreros y complementos, y se ponen uno encima del otro sin ninguna pauta estética aparente. Combinan camisetas desgarradas con encajes y volantes, y encima (por ejemplo) el viso de la abuela. Y yo que pensaba que ya lo había visto todo ... Se ven varias estéticas: góticos, siniestros, rockeros, etc. Chicas con un aire de casa de la pradera, otros parecen muñecas antiguas, una infinidad de colegialas con faldas cortas y calcetines hasta la rodilla. Es una inquietante exaltación de la infancia. Los chicos se inspiran todo en los héroes del manga il'animé, totalmente desmelenado. Una pasada!
Les gusta ser mirados y lo he aprovechado. No sólo a Yoyogi-koen, sino por todo este barrio. Takeshita-dori es un estrecha calle donde hay todo tipo de tiendas, peluquerías, fast-foods, etc. destinados a esta fauna. Es un desfile continua de esperpénticos personajes y de fashion-victims para la que no estaba preparado. No me podía creer lo que estaba viendo.

Hoy ha sido una jornada maratoniana, intentando todo el rato sobreponerme al cansancio y el sueño que produce el jet-lag que sufro. Pero lo más importante han sido los impactos culturales y las emociones que he sentido, al igual que si hubiera llegado a Kabul, aunque por otros motivos ... Y eso es lo que más me gusta de viajar.


Nunca había sido mi sueño viajar a Japón.
Siento más atracción para sociedades no tan ricas y avanzadas. El desarrollo económico se traduce demasiadas veces en decadencia de valores como el respeto, la solidaridad, la hospitalidad ..., que diferencian a las verdaderas personas de los consumidores compulsivos de sociedades abocadas al culto al dinero.
Estos valores perdidos son los que busco al viajar, y son el tesoro de países pobres y los que, no siéndolo tanto, mantienen sus costumbres y tradiciones más profundos.
No espero encontrar esto en los japoneses, con su imagen de autómatas enfermizamente fieles a la empresa que los contrata de por vida. Quién no se ha preguntado nunca si son verdaderamente humanos o son los descendientes de una extraña civilización alienígena?

De todos modos ... estoy aquí, en Tokio, megalópolis inconmensurable y ultramoderna, tratando de digerir el impacto recibido durante las primeras horas en este país. Impacto al comprobar gratamente que algunos de mis prejuicios han tambaleado o se han derrumbado estrepitosamente provocando hacerme una expectación inesperada.

El primer impacto se ha producido sólo desembarcar del avión. Agradezco el paseo por la terminal, que permite estirar las piernas y hacer un poco de actividad física después de tantas horas hecho un cuatro en clase turista. Rápido control de pasaportes y llegada en la cinta de equipajes donde me espera, contenta y dando vueltas, mi maleta. Esta primera y contundente muestra de eficiencia y de respeto al tiempo de los demás me ha dejado boquiabierto. Y esto sólo ha sido el comienzo. El andén del tren que me ha de llevar al centro de la ciudad es dentro del aeropuerto, y en poco tiempo estoy cómodamente instalado en el vagón donde pasaré los próximos cincuenta minutos. Todo este prodigio de eficacia no ha durado más de media hora. Impresionante! Sobre todo teniendo en cuenta que en Occidente, la extrema paranoia por la seguridad, la falta de información, la pésima organización o el poco respeto por los viajeros, hacen que este proceso sea interminable y casi disuasorio. En concreto, en Barcelona, el trayecto hacia / desde el aeropuerto es una incierta odisea.
Y este primer impacto tiene otra dimensión que lo hace aún más prodigioso: todo el proceso descrito se ha producido sin sentirse ni un alma. Nadie grita, nadie corre, una música relajante envuelve el ambiente. Realmente emocionante.

Salgo de la laberíntica estación central de Tokio para la salida de Marunouchi, donde se conserva la fachada de la antigua estación. Ante mi aparecen enormes edificios de oficinas, rascacielos brillantes, que compiten en altura. Acero y vidrio, símbolos de poder, de progreso y de modernidad. Y en este momento se ha producido el segundo impacto: una mujer joven atraviesa precipitadamente la calle en dirección a la estación. Va vestida con un delicado y elegante kimono tradicional que le obliga a hacer pasitos cortos y rápidos. Bolsa de mimbre y ropa a juego colgada del brazo, y sombrilla para proteger su piel de porcelana. Sólo se oye el clac-clac de las sandalias de madera sobre el asfalto. Esta escena ha sido el primer ejemplo del cliché japonés de la convivencia entre tradición y modernidad.

Totalmente desorientado, cojo un taxi para ir al hotel que reservé por internet. Intento tomar la manija de la puerta para abrirla pero esta se me adelanta y se abre sola. Caramba! Doy el papel de la reserva, con el nombre y dirección del hotel, al'impecable taxista adornado de uniforme, gorra de plato y guantes blancos. Arranca el vehículo y el hombre dice algo que evidentemente no entiendo. Sorprendido, le contesto con un inevitable: "Lo siento muchacho, no te entiendo". Y me doy cuenta que el hombre no habla conmigo, habla con el gps! He hecho el ridículo. Suerte que el taxista me ha ignorado totalmente. Llegamos al hotel y la puerta insiste en actuar por su cuenta. Baixo yo, baja el equipaje y, una vez más, por acto reflejo, intento cerrar la puerta haciendo una vez al aire. La maldita puerta se me ha vuelto a avanzar. Me quedo en la acera y me siento como Paco Martínez Soria recién llegado a la capital, mientras se aleja el taxi fantástico.

Más impactos. Situado en el centro de Tokio, cerca de la estación, en un distrito donde predominan grandes edificios de oficinas. Es domingo, son las tres de la tarde y no hay absolutamente nadie por la calle. Ni gente, ni coches, ni ruido. Ningún rastro de vida. Una rara conmoción se apodera de mí: es que acaso Godzila ha atacado Tokio por enésima vez?

Desestimo esta posibilidad y me pregunto dónde está todo el mundo. Leo que en un lugar llamado Harajuku se reúne toda la juventud más moderno y estrafalario de la ciudad. Llego fácilmente gracias a la inmensa red de metro que atraviesa la ciudad en todas direcciones. He parado una estación antes para llegar paseando y irme impregnando del ambiente. Emerge a Omote Sando ... Es un bulevar de suaves pendientes donde se concentran establecimientos de las principales marcas de lujo que todos conocemos y que difícilmente podremos hacer ningún gasto. Hileras de dependientes y empleados hacen reverencias de ángulo recto, que destrozarían nuestras riñonada, a fines clientes que salen cargadas de bolsas. Y efectivamente ..., están aquí! Riadas de gente comparables a las del Portal de l'Àngel en vísperas de Navidad.
Elegantes boutiques y sofisticadas cafeterías de diseño en un ambiente relajado a la sombra de los árboles. Sigo el rastro de los primeros ejemplares extrañamente vestidos. Cabellos puntiagudos de colores llamativos y indumentarias de combinaciones imposibles. Grandes pantallas lanzan consignas comerciales a los peatones indiferentes. Sólo yo voy con la boca abierta. Llego a Yoyogi-koen, parque donde se reúne la juventud extravagante. Chicos y, sobre todo, chicas muy jóvenes vestidos de la forma más estrafalaria que os podáis imaginar. Son los llamados cos-play-zoku (chicos de los disfraces). Recogen todo tipo de ropa, sombreros y complementos, y se ponen uno encima del otro sin ninguna pauta estética aparente. Combinan camisetas desgarradas con encajes y volantes, y encima (por ejemplo) el viso de la abuela. Y yo que pensaba que ya lo había visto todo ... Se ven varias estéticas: góticos, siniestros, rockeros, etc. Chicas con un aire de casa de la pradera, otros parecen muñecas antiguas, una infinidad de colegialas con faldas cortas y calcetines hasta la rodilla. Es una inquietante exaltación de la infancia. Los chicos se inspiran todo en los héroes del manga il'animé, totalmente desmelenado. Una pasada!
Les gusta ser mirados y lo he aprovechado. No sólo a Yoyogi-koen, sino por todo este barrio. Takeshita-dori es un estrecha calle donde hay todo tipo de tiendas, peluquerías, fast-foods, etc. destinados a esta fauna. Es un desfile continua de esperpénticos personajes y de fashion-victims para la que no estaba preparado. No me podía creer lo que estaba viendo.

Hoy ha sido una jornada maratoniana, intentando todo el rato sobreponerme al cansancio y el sueño que produce el jet-lag que sufro. Pero lo más importante han sido los impactos culturales y las emociones que he sentido, al igual que si hubiera llegado a Kabul, aunque por otros motivos ... Y eso es lo que más me gusta de viajar.