La celda 443

La celda 443

Son cerca de las ocho de la mañana del dos de marzo de 1974 cuando el carcelero, de un empujón, me hace entrar en la celda 444 donde presuntamente pasaré los próximos veinte años.

⎯Recuerda, a las ocho y media desayuno.  Me dice en voz alta, mientras sus pasos resuenan alejándose por el pasillo.

Me quedo inmerso en el silencio de la celda. 

En la penumbra puedo ver que todo sigue igual, un catre, una pequeña mesa con su silla, un lavabo, y el inodoro al fondo. Conozco el lugar porque ya estuve aquí antes que mi apendicitis me mandara a la enfermería. 

Como hasta las ocho no podré abrir la luz, me acerco a la puerta y observo durante unos minutos, a través de la reja, el largo y lúgubre pasillo, apenas alumbrado por unas bombillas que cuelgan del techo.  

⎯Hola ⎯me dice una voz, que me sorprende. 

En la obscuridad no he percibido que desde la celda de enfrente me observaba un hombre joven de tez pálida. Es la celda 443.   

⎯Me ha despertado el golpe de tu puerta. 

⎯Hola, lo siento ⎯le digo. 

⎯No te preocupes, ya llevo días despertándome antes que toquen diana, me cuesta mucho conciliar el sueño. 

Le observo con atención y le reconozco. Se trata de Salvador Puig Antic. Todo el mundo habla de él, unos como asesino y otros como víctima.

⎯¿Eres Salvador, verdad?

Me mira fijamente como intentando adivinar mi pensamiento y duda un poco.

 ⎯Si ⎯responde, al rato. 

En la enfermería tenía mucho tiempo libre y había leído mucho sobre él. Tuvo un juicio sin garantías, fue condenado a muerte y ahora su vida dependía de un indulto que no llegaba.

⎯Sin pensarlo, le suelto ⎯¡A ver si tienes suerte y te llega el indulto! 

Sonríe, sabe al menos que enemigo no soy, con voz entrecortada me responde.

⎯No llegará, no han hecho caso ni al Papa. ¡Imagina! Apenas si me quedan ya dos horas. 

Sé que tiene razón. El régimen franquista clama venganza por el asesinato de Carrero Blanco y quieren dar un rápido y ejemplar escarmiento, a su manera… y le ha tocado a él.

Quiero darle ánimos.

⎯Por favor no pierdas la…

No he podido terminar la frase, porque súbita y sonoramente seis hombres han irrumpido en el pasillo deteniéndose delante de su puerta, entre ellos reconozco al carcelero, al director de la prisión y al cura.  

Al salir de la celda, escoltado por el grupo, Salvador y yo hemos cruzado la mirada al tiempo que hacía una mueca indescriptible.

A las 9:20 le han ejecutado. 

Raül Riatós